Llevan desde 2011 funcionando e instalados en la Gran Via madrileña desde 2012. Algo bien deben hacer cuando llevan más de medio millón de espectadores y tienen sucursal además en Barcelona. En la función de Corta el cable rojo, el público asiste a un espectáculo de humor sustentado en un principio esencial: la improvisación. Cada gag, cada réplica inesperada y cada giro del guion aparente —que en realidad no existe— dependen de la capacidad de los intérpretes para escuchar, reaccionar, construir y arriesgarse en directo.
Lo curioso de este juego teatral, es que me recuerda algo fundamental: improvisar no es un lujo secundario, puede ser una competencia vital. Y, sin embargo, a menudo en los centros escolares rara vez ocupa el lugar que merece. La oratoria y el debate se siguen entendiendo como disciplinas “serias”, muchas veces encorsetadas en el discurso preparado, sin dar espacio a la espontaneidad, cuando en realidad es allí donde se revela el verdadero aprendizaje.
La improvisación como disciplina rigurosa
Probablemente existe la falsa idea de que improvisar equivale a hablar sin preparación, a dejarse llevar por la ocurrencia. Nada más lejos de la realidad. Keith Johnstone, uno de los grandes teóricos del teatro improvisado, autor de Impro: Improvisation and the Theatre (1979), explica que la improvisación exige tanto rigor como cualquier arte clásico: entrenar la escucha, manejar la tensión, aceptar lo imprevisto y aprender a cooperar con el otro.
¿No hay habilidades más importantes como las citadas, y que deberían ser parte fundamental del aprendizaje de nuestros alumnos? Estamos hablando de la escucha activa, y escuchar no es pasivo: es abrirse al otro para construir sobre lo que trae. Si no hay escucha, no hay diálogo posible.
Si bien la improvisación se alimenta de lo inesperado, no es menos cierto que en la vida es una oportunidad. Pobre de aquel docente que no integre la pregunta inesperada en el aula, y no aproveche la misma, para ampliar y llegar a caminos y lugares probablemente insospechados.
Del mismo modo, Viola Spolin, pionera en técnicas de improvisación teatral y autora de Improvisation for the Theatre(1963), defendía que la improvisación desarrolla en los estudiantes la confianza, la creatividad y la capacidad de resolver problemas en tiempo real. Estas son las mismas competencias que el mundo laboral, universitario y ciudadano exige hoy en día.
Improvisar en la escuela: de la ocurrencia a la necesidad
¿Qué ocurre cuando trasladamos este enfoque a la oratoria y el debate escolar?
El alumno que aprende a improvisar:
- Escucha mejor: no responde desde la memoria automática, sino desde la atención real al argumento del otro.
- Piensa críticamente: no se aferra a un guion preestablecido, sino que ajusta su discurso en función de la situación.
- Gana confianza: hablar sin un texto escrito exige valentía, pero también construye seguridad personal.
- Maneja la incertidumbre: se entrena en escenarios donde no todo está bajo control, algo esencial en la vida adulta.
Como señala Amy Cuddy en Presence (2015), la capacidad de expresarse con autenticidad y seguridad no depende tanto de saberse el guion de memoria como de conectar con el momento presente. Y esa conexión se logra precisamente con la práctica de la improvisación. Con la conexión del aquí y el ahora.
Repensar el currículum: competencias no significa menos rigor
Cada vez que se habla de competencias y habilidades en educación surge una acostumbrada sospecha: “¿y dónde queda el esfuerzo, la memoria, el rigor académico?”. Parece como si trabajar capacidades y destrezas para ser competentes, fuese sinónimo de rebajar la exigencia. Sin embargo, la improvisación nos demuestra lo contrario.
“(…) el rigor es la condición de posibilidad de la improvisación (…)”
Un actor improvisador solo puede arriesgarse en escena porque ha entrenado previamente durante horas. Ha interiorizado estructuras, ha practicado técnicas y ha cultivado la disciplina necesaria para, llegado el momento, dejarse llevar. La improvisación fértil es siempre fruto del esfuerzo y de la dedicación.
Lo mismo ocurre en la educación: las competencias no eliminan el rigor, lo transforman. Un currículum que integra la improvisación como eje no renuncia al conocimiento, sino que lo hace operativo, vivo, aplicable. Repensar el currículum significa aceptar que el aprendizaje no es únicamente acumulación, sino también capacidad de movilizar lo aprendido en situaciones diversas.
Improvisar es prepararse para el mundo real
La educación, si quiere estar a la altura del tiempo que vivimos, debe preparar a los alumnos para escenarios inciertos: entrevistas, debates, negociaciones, presentaciones, decisiones bajo presión. En todos ellos, la capacidad de improvisar marca la diferencia.

Si quieren más pruebas, sólo acudan a disfrutar del arte de uno de los más grandes, Keith Jarret, músico de jazz que improvisa magistralmente porque domina profundamente la armonía, el ritmo y el estilo de lo que tiene en sus manos. Al igual sucede en una jam session flamenca, como bien sufría y nos relataba el enorme Paco de Lucía
¿No sucede a diario lo mismo en el aula? El maestro no improvisa desde el vacío, sino desde la sabiduría acumulada. La preparación rigurosa —lecturas, palnificación, dominio de la materia— se convierte en el soporte que permite la libertad. Sin rigor, la improvisación sería caótica; sin improvisación, el rigor sería rígido. La buena enseñanza debe habitar en esa tensión creativa.
Los grandes actores también lo saben. Robin Williams, considerado un maestro absoluto de la improvisación, solía decir que improvisar no era inventar de la nada, sino liberarse de lo previsto para descubrir nuevas posibilidades. Lo mismo podría aplicarse al aula: enseñar a los estudiantes a liberarse del miedo al error para atreverse a pensar en voz alta, crear, conectar y transformar.
Improvisar no es vivir sin rumbo, es vivir con tanta preparación y sabiduría que uno se atreve a escuchar al otro, a sostener la tensión, aceptar a vivir en la incertidumbre de lo inesperado y a cooperar con el otro; justo lo que necesitamos para educar y para vivir plenamente en estos tiempos.