Aquella noche también era Escuela
En la madrugada del 24 de enero de 1975, Keith Jarrett subió al escenario de la Ópera de Colonia exhausto, contrariado y, en cierto modo, traicionado por las circunstancias. El piano no era el que había pedido: un Bösendorfer de ensayo, con registros graves pobres, agudos descompensados y un pedal defectuoso. Físicamente estaba al límite; emocionalmente, cerca de negarse a tocar. Nada parecía alineado con la idea de un gran concierto.
Y, sin embargo, ocurrió. Gracias tambien a Vera Brandes
Durante algo más de una hora, Jarrett improvisó una de las obras más influyentes y escuchadas de la historia del jazz y de la música del siglo XX. No pese a las limitaciones, sino a partir de ellas. El Köln Concert no es la ejecución de un plan perfecto, sino la respuesta lúcida y sensible a un contexto imperfecto. Esa es, precisamente, su potencia.
El contexto importa (aunque no lo controlemos)
El concierto de Colonia no puede entenderse sin su contexto: precariedad técnica, cansancio extremo, ausencia de garantías. Jarrett no tenía control sobre casi nada… salvo sobre su manera de estar presente. En lugar de imponer una idea previa, escuchó el instrumento que tenía delante, aceptó sus límites y construyó desde ahí mismo.
El paralelismo con el momento educativo actual es evidente. Vivimos una educación tensionada por reformas constantes, sobrecarga normativa, falta de tiempo real para pensar, docentes cansados, centros con márgenes de autonomía limitados y una creciente desconfianza social sobre el sentido profundo de la escuela. El “piano” que tenemos no siempre es el que elegiríamos.
La tentación, como en Colonia, sería cancelar el concierto. Cancelar al Escuela. O tocar mecánicamente una partitura que ya no responde al instrumento real.
Improvisar no es improvisar mal
Conviene desmontar un malentendido: improvisar no es hacer cualquier cosa. Jarrett pudo improvisar porque tenía una formación técnica extraordinaria, una cultura musical profunda y una escucha finísima de sí mismo y del entorno. La improvisación auténtica es una respuesta informada, no un gesto impulsivo.
En educación ocurre algo similar. La innovación educativa no puede confundirse con ocurrencia, ni la flexibilidad con falta de rigor. Solo puede improvisar bien un sistema que domina sus fundamentos: conocimiento disciplinar sólido, comprensión pedagógica, criterio ético y cultura profesional compartida.
Hoy se pide a los centros que “innoven”, que “se adapten”, que personalicen… pero sin siempre garantizar las condiciones para ello. Como si se exigiera un concierto memorable sin afinar antes el instrumento. Aquí aparece una primera crítica necesaria: no todo puede recaer en la épica del docente. Jarrett improvisó una noche; nadie debería improvisar su profesión cada día por carencias estructurales.
Escuchar antes de tocar
Uno de los rasgos más impresionantes del Köln Concert es la escucha. Jarrett explora registros, prueba patrones, abandona ideas que no funcionan y encuentra otras inesperadas. No fuerza al piano a ser lo que no puede ser; dialoga con él.
En educación, escuchar implica algo incómodo pero imprescindible: atender de verdad a los alumnos, a los docentes y a los contextos concretos. No aplicar modelos de manera acrítica. No confundir estandarización con equidad. No imponer ritmos homogéneos a realidades diversas.
Esto conecta con una pregunta de fondo: ¿educamos desde planes cerrados o desde procesos vivos? ¿Desde la obsesión por el resultado medible o desde la comprensión del proceso de aprendizaje como algo complejo, no lineal y profundamente humano?
Cultura, profundidad y tiempo
El Köln Concert es también una defensa radical de la profundidad. No hay fragmentación, no hay prisa, no hay estímulos constantes. Hay tiempo, repetición, desarrollo, espera. Algo que hoy escasea tanto en la música como en la educación.
La escuela contemporánea corre el riesgo de convertirse en una sucesión de microtareas, proyectos superficiales y aprendizajes efímeros. Mucha actividad, poco poso. Frente a ello, Jarrett nos recuerda el valor de permanecer, de habitar una idea, de explorarla sin saber exactamente adónde conduce.
La cultura —musical, literaria, científica, artística— no es un adorno del currículo: es el espacio donde se aprende a pensar con hondura. Sin cultura, la interdisciplinariedad se vacía y la innovación se vuelve cosmética.
Educar como acto de presencia
Si el Köln Concert sigue conmoviendo casi cincuenta años después no es solo por su calidad musical, sino por lo que encarna: un ser humano plenamente presente, creando sentido y humanidad en condiciones adversas, sin garantía de ningún éxito.
Educar hoy exige algo parecido. No heroísmo ingenuo, pero sí presencia consciente. Capacidad de leer el momento histórico, aceptar sus límites, cuestionar lo que no funciona y, desde ahí, construir propuestas con sentido. Con ánimo y «con vencimiento».
Quizá la pregunta no sea cómo recuperar un piano ideal que ya no existe, sino cómo aprender a tocar —mejor— el que tenemos, mientras trabajamos colectivamente para afinarlo.
Porque, a veces, incluso en medio del cansancio y la imperfección, todavía es posible que la Educación —como aquella noche en Colonia— suene verdadera.