El arte de ver más: apuntes sobre educación y belleza.

Una aproximación a la filosofía de la Institución Libre de Enseñanza, a través de el Colegio «Estudio».

El curso de La casa de la Maestra en torno a la Institución Libre de Enseñanza, no plantea un método cerrado, sino una forma de estar en la educación. De habitarla. Una disposición interior que obliga, en primer lugar, a revisar qué entendemos por cultura, por conocimiento y, en última instancia, por ser humano.

Jaime Buhigas y Guadalupe Lorente

De la mano de Guadalupe Lorente y Jaime Buhigas, nos adentramos en su mundo que convierten ya en nuestro. 

Nos cuentan que a un buen maestro le debe interesar todo. No desde la acumulación, sino desde la apertura. La cultura, en este sentido, no es erudición ni suma de datos, sino aquello que nos acontece, lo que nos transforma. Es experiencia sedimentada. De ahí que confundamos con frecuencia conocimiento con información: la primera exige elaboración interior; la segunda, apenas tránsito. Estudiar, por tanto, no es repetir ni almacenar, sino preparar el alma para ver más, para afinar la mirada hasta que la realidad se revele en su complejidad.

Esta concepción eleva la escuela a una categoría casi sagrada: un espacio de encuentro entre el alma y el conocimiento. No en un sentido dogmático, sino profundamente humano. La tradición de la paideia clásica resuena aquí como horizonte: educar no es instruir, sino formar al ser en su totalidad. Y en ese proceso, la memoria —madre de las musas— no es repetición mecánica, sino raíz de la creatividad. Sin memoria no hay canto, no hay historia, no hay conciencia. No es casual que Calíope o Clío encarnen dimensiones esenciales del conocimiento humano: narrarnos y comprendernos.

Jaime Buhigas

Desde ahí se entiende también el valor estructural de ciertas disciplinas. La historia no es un contenido más, sino el pilar que permite al ser humano situarse en el tiempo y comprender su lugar en el mundo. La geometría, por su parte, no es solo cálculo, sino experiencia del orden: una pedagogía de la forma que enseña que la libertad no surge del caos, sino de la estructura. No existe libertad sin orden previo. Solo quien domina el oficio puede improvisar; solo quien conoce las leyes de la belleza puede expresarse con verdad.

Esta idea se traduce de manera concreta en los llamados “temas troncales”, trabajo de Jimena Menéndez-Pidalque articulan el aprendizaje como un viaje. No como fragmentación de contenidos, sino como travesía significativa. Así, en torno a los 8-9-10 años (equivalentes a 3º, 4º y 5º de primaria), se proponen tres grandes ejes: las estaciones, no vivo solo (la identidad) y los ríos.

Las estaciones invitan a recorrer los ciclos naturales, a comprender el ritmo de la vida, a vincular la palabra con la experiencia —quizá por ejemplo a través de textos de Juan Ramón Jiménez—. En el curso siguiente, el foco se desplaza hacia el “no vivo solo”: la construcción de la identidad en relación con los otros, la pregunta por quién soy, de dónde vengo y con quién convivo. Finalmente, los ríos conducen a un viaje a través del agua, a la comprensión del territorio, de la geografía y de la interdependencia. En todos estos procesos subyace una convicción: las definiciones abstractas no educan al niño si no están encarnadas en experiencia. Por eso el método no puede ser únicamente discursivo. El método socrático —preguntar para pensar— debe convivir con el método intuitivo —experimentar para comprender—. Solo cuando dibujas, ves; solo cuando caminas, conoces. Caminar con los alumnos no es una actividad complementaria, sino un acto pedagógico profundo puesto que el propio mundo está lleno de aulas.

El ritmo aparece entonces como un elemento esencial. Ritmo en el lenguaje, en la escritura, en la lectura. Ritmo como orden interno que permite habitar el conocimiento. Y junto a él, la etimología: desentrañar el origen de las palabras como vía de acceso a su verdad. Nombrar bien es pensar bien.

Sin embargo, todo este entramado exige vigilancia frente a uno de los grandes enemigos de la educación: la rutina. Cuando el gesto pedagógico se vacía de sentido y se convierte en repetición automática, la escuela pierde su dimensión formativa. Frente a ello, el educador debe mantener una actitud de búsqueda constante, casi de peregrinaje —como quien atraviesa los campos—. Porque educar no es aplicar un programa, sino sostener una relación viva con el conocimiento y con los alumnos.

En este punto emerge una idea central: la educación no ocurre solo en momentos concretos, sino todo el tiempo. En la manera de hablar, de mirar, de caminar. “Caminas como eres”: el educador enseña tanto por lo que hace como por lo que es. Por eso, educar debería ser, en esencia, aprender a ser con los otros.

Y aquí aparece una exigencia radical, un educador debe poder responder, aunque sea provisionalmente, a la pregunta de quien es el ser humano. Sin esa definición —implícita o explícita— toda práctica educativa queda desorientada. Del mismo modo, un colegio no puede limitarse a gestionar procesos dado que necesita colmar su espíritu, dotarse de un sentido que trascienda lo operativo.

Finalmente, subyace una dimensión ética. El ser humano —el maestro—puede quedar atrapado en la queja —una forma de esclavitud pasiva— o asumir la acción como ejercicio de libertad. Educar es, en parte, acompañar ese tránsito. Formar alumnos valientes y audaces, capaces de actuar en el mundo con criterio y sensibilidad.

Vilavedelle – La Escuela Nacional Lolita Pérez

En última instancia, todo converge en una intuición sencilla y exigente: la belleza educa. Pero no cualquier belleza, sino aquella que nace de la relación coherente entre las cosas. Educar en la belleza es educar en el orden, en la proporción, en el sentido. Y quizá ahí resida una de las tareas más urgentes de la educación contemporánea: desarraigar la barbarie —como ya reclamaba Antonio de Nebrija— no desde la imposición, sino desde la formación profunda del ser humano.

A lo largo del fin de semana, y desde el peregrinar necesario y constante, aprendimos que educar, en definitiva, no es otra cosa que cultivar la posibilidad de ver más, de comprender mejor y de vivir con mayor hondura, tal y como en su día también nos adelantó de alguna manera Josep María Esquirol.

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