Enseñar desde el cerebro del que aprende

Enseñar desde el cerebro del que aprende

Este libro es un regalo. En todos los sentidos y aspectos.  Un regalo porque se trata de una obra maestra, en su sencilla concepción y en su profunda hondura.

No es un libro, por otra parte, de sencilla lectura. Puede parecer esto que digo contradictorio, puesto que hablamos de un libro de apenas 30 paginas, en formato sencillo, aparentemente humilde, pero su contenido es oro puro, es de una dimensión superior. Invita a relectura, que es lo mejor que se puede decir de una obra. Vuelta y revuelta a leer, a pensar y repensar en el texto, las ideas y los aforismos contundentes.

Inicia la obra con toda un declaración de intenciones, SER MAESTRO, donde  José Antonio Fernández Bravo se sincera y, en tono humilde pero con extrema grandeza,   proclama que fueron los niños los que le enseñaron a enseñar. Ya lo decía Pestalozzi, partir de lo que saben, partir del niño, pero aquí además se establece la diferencia clara y concluyente entre la dificultad de aprendizaje y dificultad de enseñanza, declarando que las mismas disminuyen cuando el maestro se pone en el lugar del alumno, cuando «(…) enseñamos desde el cerebro del que aprende (…)«. Yo aún me atrevería a decir más, cuando enseñamos desde el corazón del que aprende.

Insiste Fernández Bravo en la escucha como principio fundamental de la enseñanza, pero la escucha del que enseña, la escucha activa basada en preguntarse por qué hacen lo que hacen y piensan como piensan. La respuesta de los alumnos es la replica de lo que se enseña, y a modo de ejemplos sencillos desgrana las aseveraciones que expone.

Propone pintar un cuadro, un lienzo de colores educativos, donde más que los colores en si mismo es la enumeración necesaria de las bases de la educación, de la enseñanza:

enseñar desde el cerebro
Creer en sí mismo: donde no habrá aprendizaje significativo hasta que no dejemos de  al niño lo imposible. ¿Hay algo más grande que esto? Confianza mutua para que al final en niño no diga o responda lo que quiere oír el maestro, sino lo que realmente piensa porque ha habido una generación de mecanismo intelectual previo, pero sobre todo, porque ha habido amor en la mirada del maestro, puesto que «(…) son los sentimientos que provocas en el niño los que deciden la actividad que les enamora (…)». ¿Cuantos de nosotros nos enamoramos en la etapa escolar de aquella materia no por la misma sino por el que le mostraba?

 

Querer hacer. Querer es poder, y Fernández Bravo propone una postura disruptiva pero veraz donde ante el planteamiento de un problema, lo más importante no es la comprensión del mismo sino querer resolverlo, crear la necesidad de querer hacer del que aprende. Motivación sin duda, que parte del apartado anterior, que nace de la confianza y de creer en ellos desde el respeto, sin necesidad de hacerles preguntas con la respuesta ya esperada, sino sorprendernos con su capacidad y creatividad.

Capacidad para descubrir, indagar, investigar y conquistar: No se trata de adivinar la respuesta que esperamos, sino a que la descubran a través de su razonamiento sin esperar que digan lo que estamos esperando oír.

Conocimiento, que sucede de lo anterior, y hace una crítica plausible sobre el por qué adelantar contenidos, rompiendo la educación infantil al adelantar contenidos de primaria,  y así de manera sucesiva. Cuántas veces he escuchado a los profesores de universidad decir lo mal que vienen los alumnos de bachillerato, los cuales se quejan de lo difíciles que llegan de secundaria;  que aluden que es la primaria el problema y claro estos aseveran que es que vienen inviables de infantil, los cuales se quejan de lo mal que vienen de casa. Al final el problema debe venir ya desde el momento en que nacemos.

Cada aprendizaje tiene su momento puesto que el contenido es el medio no el fin. Qué verdad más grande.

Comprensión, preguntándonos qué hay de bueno en el problema o actividad planteada en clase, no es como se lleva a cabo de bien las misma,  sino qué “(…) bien le hace el ejercicio que realiza (…)”

Conocerse a sí mismo. Fernández Bravo diferencia entre el maestro que quiere y el que ama, porque este último da, porque hace preguntas para respetar la respuesta, y desde la humildad más pura, asevera que no hay baja capacidad de los alumnos en muchas ocasiones sino “(…) capacidades desconocidas y razonamientos que no entendemos (…)”

Capacidad para crear, donde las diferentes formas de pensar y hacer son válidas, legitimas, comprender para crear antes que entender para reproducir.

Dentro del cuadro de la educación, como no verse reflejado como alumno de la escuela a la que pertenecemos donde se nos enseñaba a acertar y no a aprender.

Finalmente,  enmarca el cuadro en una serie de postulados que verdaderamente son un una serie de reflexiones tan certeras, tan válidas, tan legítimas, que suponen una guía imprescindible no solo para el que quiere enseñar en la escuela, en la universidad o allí donde se pretenda.

Este libro, como auténtica joya que es, no es un libro destinado a los educadores exclusivamente. Es un libro de cabecera, de amplia mirada y de máxima utilidad personal. A mí, como padre,  me han mostrado todo lo que me falta, como mi mirada parte de mí y no de la de mis hijos, como en muchas ocasiones – demasiadas – no les dejo espacio para ser escuchados, les pregunto esperando ya mi respuesta antes que la suya propia, sin dejarles espacio para crear juntos, violando la fiabilidad paterna puesto que ya no estoy seguro de la validez de lo que les muestro si no son capaces de hacer sin mí.

Gracias, Maestro, por todo lo que aprendemos desde lo que nos enseñas.


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Otras obras de Fernández Bravo:


Página web: José Antonio Fernández Bravo


 

 

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